Excerpts for Mouse and the Motorcycle


The Mouse and the Motorcycle


By Beverly Cleary

Houghton Mifflin Company

Copyright © 1995 Beverly Cleary
All right reserved.

ISBN: 9780395732502

Uno

Los nuevos huéspedes

Keith, el muchacho que llevaba unos pantalones cortos y una camisa arrugada, no sabía que estaba siendo observado cuando entró en la habitación 215 del Hotel Bellavista. Tampoco lo sabían ni su madre ni su padre, quienes parecían cansados y acalorados. Habían venido desde Ohio y durante cinco días habían conducido a través de llanuras y desiertos, habían cruzado montañas hasta llegar al viejo hotel, situado al pie de las colinas de California, a veinticinco millas de la autopista cuarenta.

Podría ser que la cuarta persona que entró en la habitación supiera que estaba siendo observada, pero no le importaba. Era Matt, que aunque por lo menos tenía sesenta años, era todavía a estas alturas el botones. Matt también cambiaba las bombillas fundidas, reparaba los grifos que goteaban, llevaba las bandejas a la gente que llamaba al servicio de habitaciones pidiendo comida y,a veces, evitaba que los niños se pegaran en el jardín que había detrás del hotel con los mazos de croquet.

Ahora su hombro derecho se inclinaba bajo el peso de una de las maletas que llevaba.

-- Aquí tiene, señor Gridley. Habitaciones 215 y 216-- dijo Matt, colocando la maleta más pequeña en la banqueta que estaba al pie de la cama de matrimonio, antes de abrir una puerta que comunicaba con la habitación de al lado -- . Supongo que usted y la señora Gridley querrán la habitación que hace esquina, con dos camas individuales y baño.

Llevó la maleta más pesada a la habitación contigua, donde se le podía oír abriendo las ventanas. Fuera chillaba una ardilla desde un pino y un pajarito silbaba fi-bi-bi.

La madre del muchacho inspeccionó críticamente la habitación 215 y murmuró: -- Creo que deberíamos volver a la autopista. En algún lugar debe haber un motel con el cartel de habitación libre. No buscamos lo suficiente.

-- No, ni una milla más-- contestó el padre -- . No voy a conducir otra milla por una autopista californiana en un fin de semana festivo. ¿Viste cómo aquel camión casi nos hizo salir de la carretera?

-- Papá, ¿viste aquellos dos tipos de las motocicletas?

-- empezó a decir el muchacho, pero dándose cuenta de que no debería interrumpir una discusión, se calló. -- Pero este lugar es tan viejo… -- protestó la madre del muchacho -- . Y sólo tenemos tres semanas para todo nuestro viaje. Habíamos planeado pasar el fin de semana del 4 de julio en San Francisco, y queríamos enseñar a Keith todo lo que pudiésemos de Estados Unidos.

-- San Francisco tendrá que esperar, esto es también una parte de Estados Unidos. Además, este hotel estaba muy de moda-- dijo el señor Gridley -- . La gente venía desde muy lejos.

-- Hace cincuenta años-- dijo la señora Gridley -- . Y venían a caballo y en diligencias.

El botones volvió a la habitación 215.

-- El comedor abre a las seis y media, señor. Hay pingpong en la sala de juegos, televisión en el salón y croquet en el jardín de detrás del hotel. Estoy convencido de que se encontrarán muy a gusto.

Matt, quien había visto ir y venir a muchos huéspedes durante años, sabía que los había de dos clases: aquellos que pensaban que el hotel era un establo viejo y horrible, y aquellos que pensaban que era encantador y pintoresco, tan silencioso y tranquilo.

-- Desde luego que estaremos a gusto-- dijo el señor Gridley, dejando caer algunas monedas en la mano de Matt por haber traído las maletas.

-- Este hotel tan viejo y tan grande es espantoso -- protestó la señora Gridley por última vez -- . Seguro que está lleno de ratones.

Matt abrió la ventana de par en par.

-- ¿Ratones? Oh no, señora. La dirección no lo consentiría.

-- No me importarían unos pocos ratones-- dijo el muchacho, mientras daba un vistazo a la habitación, al alto techo, a las nudosas paredes de madera de pino, a la gastada alfombra, muchas de cuyas rosas habían desaparecido casi por completo, a la silla con el macasar en el respaldo, al lavabo y a las perchas para toallas en el rincón de la habitación -- . Me gusta-- declaró el muchacho -- . Toda una habitación para mí solo. Normalmente, en los hoteles, solamente consigo un catre en un rincón de la habitación.

Su madre sonrió enternecida. Luego se dirigió a Matt:

-- Lo siento. Hacía mucho calor al cruzar Nevada, y no tenemos costumbre de conducir por las montañas. Volviendo a la autopista el tráfico estaba imposible. Estoy segura de que estaremos muy a gusto.

Después de que Matt se hubiera ido, cerrando la puerta tras de sí, el señor Gridley dijo:

-- Necesito descansar un poco antes de la cena. ¡Cuatrocientas millas conduciendo y aquel tráfico por la montaña! Ha sido demasiado.

-- Y si nos vamos a quedar todo el fin de semana, es mejor que deshaga las maletas-- dijo la señora Gridley -- . Por lo menos podré lavar algo de ropa.

Solo, en la habitación 215 y sin saber que estaba siendo observado, el muchacho empezó a explorar. Se arrodi-lló y miró debajo de la cama. Se inclinó tanto como pudo hacia fuera de la ventana, y ansioso, inspiró profundamente el aire, que olía a pinos. Abrió y cerró el agua caliente y fría del lavabo, y se metió en el bolsillo una de las pequeñas pastillas de jabón envueltas en papel. Debajo de la ventana, cerca del suelo, descubrió un agujero en la pared de madera, y agachándose lo hurgó con el dedo. Cuando vio que no había nada dentro, perdió el interés.

Seguidamente, Keith abrió su maleta y sacó una manzana, y varios coches pequeños: un sedán, un coche deportivo y una ambulancia, que medían un palmo de largo, y una motocicleta roja, que medía la mitad que los coches, y que arrojó encima de la colcha a rayas, antes de morder la manzana. Se comió la manzana a grandes mordiscos haciendo mucho ruido. Luego, dejó el corazón de la manzana encima de la mesita de noche, entre la lámpara y el teléfono.

Keith empezó a jugar haciendo correr sus coches arriba y abajo por la colcha, fingiendo que las rayas eran autopistas, y haciendo ruidos, bruum, bruum para el coche deportivo, ni-no, ni-no, ni-no para la ambulancia y rumm, rumm para la motocicleta, recorriendo arriba y abajo las rayas de la colcha.

De pronto, Keith se quedó quieto y miró rápidamente alrededor de la habitación como si esperase ver algo o alguien, pero cuando no vio nada fuera de lo normal, volvió a sus coches. Bruum, bruum. Bang! Crash! El coche deportivo golpeó al sedán y rodó fuera de la carretera. Rumm, rumm. La motocicleta llegó con gran estrépito al lugar del accidente.

-- Keith-- le llamó su madre desde la habitación contigua -- . Ya es hora de que te laves para la cena.

-- Está bien.

Keith estacionó sus coches encima de la mesita de noche en fila, al lado del teléfono. Realmente parecían coches de verdad, sólo que eran mucho, mucho más pequeños.

La primera cosa que vio la señora Gridley, cuando ella y el señor Gridley entraron en la habitación, fue el corazón de la manzana encima de la mesita. Lo echó a la papelera de metal que había al lado, mientras olfateaba el aire y desconfiadamente dijo:

-- No me importa lo que diga el botones. Estoy segura de que en este hotel hay ratones.

-- Ojalá-- murmuró Keith.



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Excerpted from The Mouse and the Motorcycle by Beverly Cleary Copyright © 1995 by Beverly Cleary. Excerpted by permission.
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