Excerpts for La telarana de Carlota / Charlotte's web


Charlotte's Web (Spanish edition)

La telarana de Carlota
By E. White

HarperCollins Publishers, Inc.

Copyright © 2005 E. White
All right reserved.

ISBN: 0060757396

Capítulo Uno

Antes del desayuno

A dónde va papá con esa hacha? -- preguntó Fern a su mamá mientras ponían la mesa para el desayuno. -- Al chiquero-- respondió la señora Arable -- . Anoche nacieron unos cerditos.

-- No veo por qué necesita el hacha-- continuó Fern, que sólo tenía ocho años.

-- Bueno-- respondió su mamá -- . Uno de los cerditos nació mucho más pequeño que los demás. Es muy débil y menudo y jamás llegará a nada. Así que tu padre ha decidido acabar con él.

-- ¿Acabar con él?-- chilló Fern -- . ¿Quieres decir que va a matarlo? ¿Y sólo porque es más pequeño que los demás?

La señora Arable puso un jarro de crema sobre la mesa.

-- ¡No grites, Fern!-- dijo -- . Tu padre hace bien. De cualquier modo, el cerdo probablemente morirá.

Fern apartó una silla de un empujón y corrió afuera. La hierba estaba húmeda y la tierra olía a primavera. Cuando alcanzó a su padre, los tenis de Fern estaban empapados.

-- ¡Por favor, no lo mates!-- sollozó -- . ¡Es injusto!

El señor Arable se detuvo.

-- Fern-- le dijo dulcemente --tienes que aprender a dominarte.

-- ¿A dominarme?-- chilló Fern -- . Es una cuestión de vida o muerte y tú me dices que me domine.

Las lágrimas corrían por las mejillas de la niña. Trató de quitarle el hacha a su padre.

-- Fern-- dijoel señor Arable -- . Yo sé más que tú acerca de criar una camada de cerdos. Uno que nace débil, siempre es causa de problemas. ¡Ahora, vete corriendo!

-- Pero es injusto-- gritó Fern -- . No es culpa del cerdito haber nacido tan pequeño, ¿no es cierto? ¿Me habrías matado a mí si yo hubiera sido muy pequeña cuando nací?

El señor Arable se sonrió.

-- Pues claro que no-- dijo mirando con cariño a su hija -- . Pero esto es diferente. Una cosa es una niña pequeña y otra muy diferente un cerdito esmirriado.

-- Yo no veo la diferencia-- replicó Fern, aga-rrando todavía el hacha -- . Este es el caso más terrible de injusticia que jamás haya visto. Una curiosa mirada asomó a la cara de John Arable.

-- De acuerdo-- dijo -- . Ve a casa y te llevaré el cerdito cuando yo regrese. Te dejaré que comiences a darle el biberón, como si fuera un bebé. Ya verás entonces qué complicado es criar un cerdo.

Cuando el señor Arable regresó a su casa media hora más tarde, llevaba una caja de cartón bajo el brazo. Fern estaba arriba, cambiándose los zapatos. La mesa de la cocina estaba preparada para el desayuno y la habitación olía a café, a tocino, a yeso húmedo y al humo de la madera que ardía en el fogón.

-- ¡Déjalo en su silla!-- dijo la señora Arable. Y el señor Arable puso la caja de cartón en el sitio reservado a Fern. Luego se acercó al fregadero, se lavó las manos y se las secó con una toalla.

Fern bajó lentamente las escaleras. Sus ojos estaban enrojecidos de tanto llorar. Cuando se acercó a la silla, la caja de cartón se agitó y se oyó el ruido de algo que se frotaba contra los costados. Fern miró a su padre. Luego levantó la tapa de la caja. Allí dentro, observándola, estaba el cerdito recién nacido. Era blanco. La luz de la mañana traspasaba sus orejas, volviéndolas de un color rosa.

-- Es tuyo-- dijo el señor Arable -- . Salvado de una muerte prematura. Y que el Señor me perdone por cometer esta tontería. Fern no podía apartar los ojos del cerdito.

-- ¡Ay!-- murmuró --¡míralo! Es perfecto.

Cerró cuidadosamente la caja. Primero besó a su padre y luego besó a su madre. Después volvió a levantar la tapa, sacó el cerdito y lo apretó contra su mejilla. En aquel momento entró en la cocina su hermano Avery. Avery tenía diez años. Iba fuertemente armado. En una mano llevaba una escopeta de aire comprimido y en la otra una daga de madera.

-- ¿Qué es eso?-- preguntó -- . ¿Qué es lo que tiene Fern?

-- Ha traído un invitado a desayunar-- respondió la señora Arable -- . ¡Avery, lávate las manos y la cara!

-- ¡Vamos a verlo!-- dijo Avery, dejando su esco- peta -- . ¿Y tú crees que esa cosa es un cerdo? ¡Es tan pequeño como una rata albina!

-- ¡Avery, lávate y toma el desayuno!-- dijo su madre -- . Dentro de media hora estará aquí el autobús de la escuela.

-- ¿Me vas a regalar un cerdo a mí también, papá?-- preguntó Avery.

-- No, yo sólo regalo cerdos a los que madrugan-- respondió el señor Arable -- . Fern se levantó muy temprano para tratar de librar al mundo de injusticias. Y como resultado, ahora tiene un cerdito. Desde luego es muy pequeño, pero al fin y al cabo se trata de un cerdo. Eso sólo demuestra lo que puede conseguir una persona cuando se levanta temprano. ¡Vamos, a desayunar!

Pero Fern no podía comer hasta que su cerdito hubiese tomado leche. La señora Arable encontró un biberón con un chupete de goma. Vertió leche tibia en el biberón, ajustó el chupete a la boca de éste y se lo entregó a Fern.

-- ¡Dale su desayuno!-- le dijo.

Un minuto más tarde, Fern estaba sentada en el suelo, en un rincón de la cocina, con el cerdito entre las rodillas, enseñándole a mamar del biberón. El cerdito, aunque menudo, tenía buen apetito y aprendió muy pronto.

Oyeron el claxon del autobús que llegaba por la carretera.

-- ¡Corran!-- les dijo la señora Arable, quitándole el cerdito a Fern y poniendo en su mano una rosquilla de pan. Avery agarró su escopeta y otra rosquilla.

Los niños corrieron hasta la carretera y subieron al autobús. Fern no se fijó en los demás chicos que había dentro. Se sentó, miró por la ventanilla y pensó que éste era un mundo maravilloso y que ella era muy afortunada por tener que ocuparse de un cerdito. Cuando el autobús llegó a la escuela, Fern ya le había encontrado nombre, escogiendo el que le pareció más bonito entre los que se le ocurrieron.

-- Se llama Wilbur-- murmuró para sí misma.

Aún seguía pensando en el cerdito cuando la maestra dijo:

-- Fern, ¿cuál es la capital de Pennsylvania?

-- Wilbur-- replicó Fern, todavía en las nubes. Sus compañeros se echaron a reír y Fern se ruborizó.



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